lunes, 8 de marzo de 2021

 

LOS JÓVENES POCO O NADA IMPORTAN

"Los jóvenes poco o nada importan" a muchos padres. Porque esos padres creen que los hijos los deben entender y es, al contrario. Muchos padres no escuchan a los jóvenes, no saben sus problemas, no conocen sus deseos, su color preferido, su música, no se interesan en ellos.

Encerrados en sus habitaciones, los padres les tienen computador, televisor y todos los aparatos necesarios para que se queden ahí, para que no molesten, para que estén allí y se comuniquen por todos los medios a su alcance con familiares y amigos.

Porque la comunicación en las familias no existe. Desde hace muchos años, los hijos no se comunican con sus padres, porque estos no aceptan muchas de las opiniones o ideas que los hijos tienen. No pueden

"Los jóvenes poco o nada importan ", porque si fuese verdad, sus títulos como egresados de las universidades valdrían demasiado. Sus esfuerzos serían compensados, pero no es así. ¿Cuántos de esos muchachos deben ir detrás de un político o cuántas de las niñas deben aceptar lo que diga el jefe para poder tener un cargo?

Conozco muchos casos de jóvenes que me han contado sus tristes historias en casa o en el colegio y más triste, en la universidad. Muchos jóvenes se sienten un 0 en muchas partes...

Un joven me dijo que su papá le pegaba por todo, lo gritaba y estaba aburrido en su casa. Quería irse. No quería volver más al colegio. Tiene apenas 15 años y no desea nada. Su único objetivo, el objetivo de su papá es que termine bachillerato y se ponga a trabajar.

Recordé que, en alguna ocasión, un padre de familia, en Tuluá, donde tuve una conferencia dirigida a padres de familia, me decía que en su época los jóvenes eran distintos, obedecían sin chistar y que correazos no faltaban, pero que respetaban o respetaban. Y me preguntó: “¿Por qué los jóvenes de ahora no quieren obedecer y respetar?”. Mi respuesta para él y para todos en el auditorio fue muy sencilla: “Nuestra época fue otra. Estamos en el siglo XXI, siglo de tecnología y elementos nuevos y que brindan a las jóvenes herramientas más rápidas para comunicarse y para vivir, pero que lastimosamente, los padres no han sabido manejar las distintas situaciones que se presentan día a día. No hay abrazos, ni besos, ni caricias. No hay saludos o despedidas, sino frases fuertes, reprimendas y poca conversación.”

Muchos niños quisieran ser televisores para que sus padres los vean y les hablen. Porque al llegar a casa, lo primero que les preguntan es: ¿Cómo te fue? Bueno sube a tu cuarto. O también, perlas como: “perdona, pero estoy ocupado. Hablamos más tarde”

En estos días, leí algo que escribió James Marulanda: “Quiero manifestar mi preocupación por un hecho que se está volviendo pandémico en nuestra ciudad y es la de ver todos los días a jóvenes  inhalando pegante con sus pertenencias al hombro y expeliendo olores nauseabundos que  dejan muy mal parada a una ciudad como Armenia capital del "paisaje cultural cafetero"....no tengo en absoluto nada contra ellos, por el contrario me abigarra el alma y me causa honda tristeza porque en ellos  veo como el futuro de nuestro país se derrumba al no tener un soporte físico y mental que trace horizontes valederos para una Colombia que debiera brindar a nuestros jóvenes una educación que prevenga estas conductas ....hago un llamado cabal y sensato para quienes manejan el poder en nuestra capital  para que por favor detengan esta escalada humana de vidas que poco a poco van hacia el abismo sin que haya autoridad alguna que tienda una mano amiga  y fomenten programas que saquen a los llamados habitantes de la calle de ese mundo de tinieblas en el que se encuentran...”

Mi respuesta inmediata fue: James, los jóvenes poco o nada importan...

“Es que los jóvenes de hoy…” “Es que en mi época…”. “Es que se perdieron los valores…”. No, no es eso. Ni son los jóvenes de hoy, ni se perdieron los valores, ni es la época. Somos nosotros.

Yo solo sé que los jóvenes sí importan…

 

“MAMI, ¿QUÉ ES OPACO?”

Estaba buscando un texto para poner en Facebook o escribir algo nuevo y bastó con hablar con mi hija y su hija para darme cuenta que ya podía preparar una nueva nota.

Este sábado en la mañana, entré a Skype, porque mi hija me estaba diciendo que deseaba conversar conmigo. Estaba casi lista para salir a natación, pues cerca al condominio donde viven hay piscina y cada sábado sus clases van sin falta. El sábado anterior mi hija la grabó cuando empezaba a nadar y de pronto, faltando poco para llegar al otro lado, Isabella se detuvo. Hasta ahí llegó el vídeo. Llamé a mi hija y le pregunté que qué había pasado y me contó que la niña había olvidado ponerse las aletas y las gafas de natación. Se detuvo porque quería descansar, pero que llegó al otro lado.

Cuando por fin pude hacerlo, empezamos a charlar, a reírnos e Isabella a hablar en francés o inglés, pero conmigo, no. No quería saber nada de otro idioma. “Con mi familia no quiero hablar sino en español” fue la orden que me dio. Nada de inglés o francés.

La charla se hizo interesante, porque Isabella empieza sus clases de piano este lunes, me contó mi hija. Todo, porque alguien le dijo que sus manos eran tan suaves como las de un pianista. Eso le quedó sonando y entonces tenía a la mamá “azotada” con las clases de piano.

Se fue tornando en un sueño, su sueño y como tiene tíos y primos que son músicos, pues ni modo. No le quedó a mi hija más remedio que matricularla en clases de piano. Ahora resultará una estrella en el piano y me sentiré orgulloso de mi futura pianista.

La charla prosiguió con historias sobre su vida en Canadá y las locuras de Isabella en todas partes.

De pronto, como por encanto, la pantalla del computador se opacó y casi no se veían. Revisé mi computador, pero estaba bien y le dije a mi hija que revisara el computador de ella. Después, le dije: “hija, te veo opaca. Está todo opaco”. Mi hija entendió y al fondo, allá en su habitación, Isabella gritó: “Mami, ¿qué es opaco?”

Inmediatamente mi hija le explicó que opaco era oscuro, casi negro. Isabella, con el candor, la ternura y la simpleza de siempre, replicó:

“¡Mami, tú eres opaca!”

 

domingo, 6 de mayo de 2018

El niño y el despecho


Cuando se inició la entrevista  con el niño Juan Camilo Arango Cardona, de seis años, pensé que se hablaría de su corta vida y sus canciones apropiadas a la edad. Pero no fue así. Empezó a interpretar canciones de despecho. Estaba escuchando un programa a nivel regional y yo no podía creer que se mostrara con orgullo a su padre, un padre que manipula a un niño de seis años para que le produzca dinero. Eso es lo que verdaderamente ocurre.
Y algunos medios, con base en entrevistas, se prestan a semejante atrocidad. Atrocidad, porque no es justo que un niño de seis años sea puesto a parafrasear canciones que ni entiende. Canciones de desesperanza, desesperación, despecho.
Claro, como estamos en una región donde el despecho, la tristeza, el pesimismo, la decepción predominan, entonces hasta los niños deben sentirse orgullosos de cantar lo que no les corresponde.  Y los medios, radio, televisión, prensa muestran con gran orgullo a un niño de seis años, memorizando canciones totalmente inadecuadas para su edad. 
Despecho, derrotismo, desilusión es lo que se vive con los reyes del despecho y la tristeza. Se llenan los lugares de concierto, porque ese es el nuevo estigma de mucha gente. La soledad y la depresión están llevando a muchos a beber, escuchar música de despecho, llorar y sentir que la vida vale poco.
Por ello, no es de extrañar que en esta región, gracias a la música de despecho, las telenovelas, la desconfianza y la desesperación, haya suicidios, intentos de suicidio, maltrato intrafamiliar y mucho más.
No tengo nada contra la música, pero sí con los explotadores de niños de seis años, como ese padre manipulador. 
Lo siento, pero creo que es un niño de 6 años, manipulado por su padre. Las canciones de despecho que lo han puesto a cantar, no son adecuadas a su edad. ¿En qué sitios canta? ¿En qué horario? ¿Ante qué público? ¿Cuándo empezará a beber?
Es un niño, pero parece que algunos medios apoyan este atrevimiento. ¡Qué tristeza! 

El tren...


El tren partió de Buga a las 3.30 de la tarde. Muy puntual. Más de setenta personas a bordo. Cielo sin muchas nubes, sol abrasador. Alegría desmesurada en los niños, quienes por primera vez, subían a un tren. También había adultos que jamás habían tenido la oportunidad de estar en el tren. Tres vagones. A, B y C. Todos muy bien organizados y cómodos. Aunque no había cortinas y el sol pegaba fuerte,  nada impedía que quienes estábamos a bordo sintiéramos la alegría del viaje en tren. Las juveniles azafatas estaban dispuestas a brindar información acerca de los sitios por donde pasaba el tren y a suministrar los refrigerios solicitados por los pasajeros.
A medida que avanzaba el tren, se perdían los cañaduzales, cafetales, árboles, valles, lagos, y todo el hermoso verde que se veía a lado y lado. Las montañas que se quedaban mirando el paso del tren. Una escenografía distinta, diferente a la fría, congestionada y terrible carretera.
El pito del tren sonaba. Los hilos de acero desaparecían. La locomotora se veía distante desde el tercer vagón.
El tren se detuvo un momento en Tuluá, pues cuatro pasajeros llegaban al final de su ruta. Allí, los ciclistas miraban, las señoras se levantaban de sus sillas mecedoras, los viejos añoraban.
En Zarzal no paramos. Pasamos por todo el centro del pueblo. La gente se asomaba a saludar, los niños gritaban, los viejos sonreían, el recuerdo del tren se mostraba. Llegó de nuevo.
De los ranchos que a cada lado se habían hecho, entre cada pueblo, salían niños, jóvenes y ancianos a decir adiós, levantar la mano, saludar y sonreír al paso del tren. El tren turístico Valle y Quindío.
Al final del viaje de más de tres horas, todos bajamos felices, alegres, contentos, satisfechos. Era un paseo. Un paseo por tierras del Valle del Cauca y del Quindío que culminaba en Tebaida.
Genial! Qué buen viaje en tren. No, no fue un viaje. fue un paseo en tren. Fue algo insospechado para muchos. Algo espectacular!
El tren volvía y queríamos seguir ahí. Pero el viaje ya había llegado a su fin.  
Hasta la próxima, porque volveremos al tren. A detenernos en Zarzal, Tuluá, Buga ó Palmira. A tomar refrescos y a comer en el tren. A charlar, a pasear, a buscar los viejos amigos y a contarles que el tren volvió. Que hay qué viajar en tren!
Que seguiremos cantando....el tren lento va partiendo sobre sus hilos de acero........
Manuel Gómez Sabogal

¿Dónde están las llaves?


A todos nos pasa. Las llaves se quedan, se pierden. Se embolatan y están donde menos nos imaginamos.
Si son las llaves del carro y estamos de afán, regresamos inmediatamente a buscarlas en el último lugar donde estuvimos. Si son las llaves de la casa y se quedaron adentro, llamamos a toda la familia a ver quién tiene llaves para abrir la puerta. Entramos, las buscamos y están en un bolsillo del saco que nos pusimos el día anterior.
Las llaves, benditas llaves que tenemos, cargamos, llevamos a todas partes, pero en algún lugar se quedan, se pierden, aparecen y se vuelven a esfumar.
Es que las llaves las empezamos a utilizar desde jóvenes, cuando los padres nos dan la de la casa, casi que en una ceremonia. “Aquí tiene las llaves de la casa. Ahora, bótelas” es lo primero que nos dicen. Y no pasan dos días, cuando les decimos: “se me perdieron las llaves. Pero les juro que yo las tenía. No las boté”..
Es como si nos pidieran que las embolatáramos de entrada, de una, así como en un ya. Por eso, las llaves son importantes e imprescindibles. Objetos que las damas llevan en los bolsos gigantes y que luego de un buen rato, encuentran y pueden abrir puertas y encender el carro.
Cuando no solamente se tienen las llaves de la casa que, en ocasiones son tres, para chapas distintas, el lío es peor y se forma la grande, porque se debe tener en cuenta que las chapas se deben abrir en riguroso orden o no abre la puerta. Así que cuando hay apuros, el remedio resulta peor que la enfermedad, porque los afanes pueden ser de diferente índole. Y así, la demora en abrir la puerta, será más larga.
Pero hay llaves que se meten a un canastico pequeño para bajarlas al primer piso, desde el 2º, 3º o 4º pisos. No por pereza de la persona que las tiene en el apartamento, sino porque no hay ascensor y la dificultad es mayor.
Así que, cuando va de visita donde un amigo y este está en un tercer piso, tocas el timbre y él te envía el canastico con las llaves. Claro que eso tiene sus excepciones.
En estos días, se me ocurrió visitar unos amigos. Timbré y uno de mis amigos contestó el citófono. Le dije que quería visitarlos y de pronto, tomarnos un café. Con la diferencia que cada vez que voy de visita, debo prepararlo. Allá, mantienen la cafetera limpia, sin una mugre y casi que guardada celosamente. Ni aun estando haciendo bastante frío, se les ocurre preparar un café.
Pero volviendo a mi visita, esperé el canastico. Oh, sorpresa. Llegó vacío. Sin la llave. Volví a llamar y les dije que un pequeño olvido había sucedido. Al subir, mi amigo me comentó que no era la primera vez que eso le ocurría. Todo se debía a la cantidad de ocupaciones, manejo del computador y mil razones más
Cuando subí, charlamos y como estaba haciendo demasiado frío, les pedí un café, como de costumbre y como para no cambiar el esquema, fui a la cocina a prepararlo. La cafetera estaba limpiecita.
Al rato, el timbre, otro amigo y le bajaron el canastico, sin la llave….
Curiosidades que pasan, pero alegran el día y hacen que uno se pregunte siempre ¿Dónde están las llaves?


Y los jóvenes sí leen


“Nunca te rindas. A veces la última llave que pruebas es la que abre la puerta. ¡Insiste!”

Esta frase me encanta, porque la tengo en cuenta y porque además, hay personas que no me dejan caer en la desazón.
Cuando a comienzos de año, Iván Gutiérrez Isaza me habló del Outlet de libros y me dijo que le gustaría que en Armenia se realizara, me envió fotos de otros eventos efectuados en Neiva, Garzón, Bogotá y otras ciudades. Sentí envidia y las ganas de hacer el outlet en Armenia, empezaron a recorrer mi espíritu de loco irremediable.
Cuando estuve en la Feria del Libro en Bogotá, pude contactar a don Pedro Gualteros, propietario de Dislectura, gracias a que Iván nos presentó. Almorzamos y me comentó la idea. Me gustó y empecé a analizar posibilidades.
Se me dio una maravillosa oportunidad cuando el secretario de educación de Armenia me llamó, conversamos, porque deseaba que hubiese algo grande y relacionado con literatura en Armenia. Contacté a Jorge Franco, Mario Mendoza, Julio César Londoño, Miguel Fernando Caro, quienes estuvieron prestos a venir a Armenia. Me comprometí con ellos, pues tenía el aval de la Secretaría de Educación. Hice los ofrecimientos necesarios y me aceptaron. Ellos y el outlet, excusa perfecta para un festival literario de gran formato.
Sentí que habría algo genial y espectacular. Llamé a dos maravillosas, talentosas y organizadas mujeres: Martha Isabel Castrillón y Lilián González. Nos sentamos a conversar, estudiar y hablar de escritores y del outlet, pues el Secretario de Educación me había dicho que él se encargaría de conseguir apoyo económico como fuese.
Escribimos, estudiamos, planeamos, presupuestamos y cuando todo estaba listo, me llamó el Secretario a decirme que debido a problemas por el paro de docentes, se cancelaba la actividad. Sin embargo, le hablé del Outlet y quedó de reunirse con el artífice del Outlet, allá en Bogotá, Pedro Gualteros. Al final, tampoco. Y sentí un derrumbe inmenso. Ni escritores, ni outlet. A llamarlos y decirles que ya no. ¡Qué pena!
Decidí continuar buscando apoyo, porque ante esa situación, yo ya estaba “como empezado” y no me gusta quedar así.
Fui a un colegio porque allí tienen un excelente coliseo y el rector no me quiso recibir, aunque la secretaria me pregunto hasta de qué me iba a morir. Pasé a otro colegio con coliseo y tampoco.
También, estuve en el Centro de convenciones, pero estaba agendado hasta diciembre.
Pasé a conversar para que el Encuentro Nacional de Escritores tuviese como ingrediente el Outlet de libros, complemento ideal. Tampoco. Negativo el civil. Y el outlet hubiese sido un gran atractivo en dicho evento, pero no, es no.
Durante todo este tiempo, ya llegando a noviembre y con llamadas casi a diario a Iván y a don Pedro Gualteros, no podía más. Me quedaba el Club América, espacio adecuado totalmente para el evento, lo vimos, gustó, pero lo acababan de alquilar hasta febrero de 2018.
Llamadas van y vienen. Don Pedro Gualteros siempre me decía que quería hacerlo antes de fin de año. Yo había perdido el entusiasmo, porque había visto diluirse todas las posibilidades.
Pero se logró. Los directivos del centro comercial Calima tuvieron la voluntad, el deseo, las ganas y mostraron todo su empeño para que se realizara el Outlet los días 1, 2 y 3 de diciembre.
Y se hizo. Perseverancia es la palabra. Buscar la llave precisa es lo mejor.
Gracias a que desde el centro comercial Calima, dos mujeres increíbles, Olga Lucía y Gretty, dieron todo el apoyo al Outlet, este se desarrolló con una afluencia de público que nadie esperaba.
Tres días viendo entrar niños, jóvenes, adultos y los mismos salir con 2, 3, 4 5 y cajas o bolsas repletas de libros. Todos entusiasmados, alegres, felices.
Desde el primer momento, del primer día del outlet, me di cuenta que niños y jóvenes buscaban libros, revistas y todo lo que los condujera a leer. Estaban ávidos, sedientos y buscaban, repetían módulos, empacaban, revisaban, se sentaban, leían.
Emocionante ver cómo hacían todo lo posible para llevarse lo que más podían. Un joven me dijo: “Ya tengo para diciembre y enero, o sea mis vacaciones”
Gracias a Dislectura. A ese maravilloso señor Pedro Gualteros por su terquedad. A Iván Gutiérrez Isaza, quien vive en Bogotá, pero es quindiano a morir. Al Centro Comercial Calima. A los estudiantes universitarios que se pusieron la camiseta y colaboraron durante los días del outlet.
Hubo una asistencia increíble y se vendieron más de 35.000 libros
Esperamos repetir en 2018 con otros ingredientes como música y escritores.
Gracias porque encontramos la llave que abrió la puerta.


Muros o puentes


El muro de Berlín cayó, porque el mundo no se permitía más divisiones. El mundo se abrió. Los países querían más oportunidades para una mejor convivencia, más conocimiento, mejor bienestar.
Sin embargo, no todo es  color de rosa. Ahora, Estados Unidos cierra su frontera con México, gracias a la construcción de un muro, el cual ya tiene muchos kilómetros cimentados y por el cual, gracias a un dedo meñique, se visitan las familias que viven en los dos países.
Un muro de ignominia en pleno siglo XXI. Así de sencillo. No es un puente a la amistad y a la convivencia, sino un muro que separa familias, amigos, países. ¿A quién le importa? ¿Qué dicen los mexicanos? ¿Qué dice el mundo?
Por otra parte, se habla de puentes. Puentes para comunicarse para acercarse más, para vivir en un mundo mejor.
Se escuchan disertaciones del Papa, pastores, religiosos y todos hablan de amor en un mundo en guerra constante. Un mundo que no entiende razones para amar. Porque matar es más fácil que amar. Porque es más fácil resolver un conflicto con armas, bombas, ejecuciones.
No vamos a comprender todo lo que ocurre alrededor. Noticias macabras día a día. Todo, porque no estamos viviendo para convivir, sino para odiar. No queremos extender la mano, sino un arma.
Mientras algunos firman la paz y dan señales de querer terminar una guerra absurda, otros insisten en actuar como siempre lo han hecho, porque están enseñados a matar, porque nunca aprendieron otra lección o vivieron siempre la misma vida.
Muros o puentes. Debemos reflexionar en lo que está ocurriendo en nuestra familia, en el vecindario, en nuestra ciudad. Para no ir más lejos. Porque  si hubiese algún fundamento que nos ayudara a entender, comprender, podríamos convivir mucho mejor.
En el hogar también se levantan muros. Como no sabemos cómo se llaman los vecinos, seguimos construyendo muros por todo lado. Muros que nos impiden conocer, conversar, entender a los demás.
La violencia que se vive arriba, en el gobierno, entre políticos, se refleja en cualquier medio. Se nota al instante y se toma como ejemplo. Sencillo ejemplo de falsas promesas y mentirosos cambios.
Mientras no acabemos con los muros, no podremos tender puentes.