domingo, 6 de mayo de 2018

El niño y el despecho


Cuando se inició la entrevista  con el niño Juan Camilo Arango Cardona, de seis años, pensé que se hablaría de su corta vida y sus canciones apropiadas a la edad. Pero no fue así. Empezó a interpretar canciones de despecho. Estaba escuchando un programa a nivel regional y yo no podía creer que se mostrara con orgullo a su padre, un padre que manipula a un niño de seis años para que le produzca dinero. Eso es lo que verdaderamente ocurre.
Y algunos medios, con base en entrevistas, se prestan a semejante atrocidad. Atrocidad, porque no es justo que un niño de seis años sea puesto a parafrasear canciones que ni entiende. Canciones de desesperanza, desesperación, despecho.
Claro, como estamos en una región donde el despecho, la tristeza, el pesimismo, la decepción predominan, entonces hasta los niños deben sentirse orgullosos de cantar lo que no les corresponde.  Y los medios, radio, televisión, prensa muestran con gran orgullo a un niño de seis años, memorizando canciones totalmente inadecuadas para su edad. 
Despecho, derrotismo, desilusión es lo que se vive con los reyes del despecho y la tristeza. Se llenan los lugares de concierto, porque ese es el nuevo estigma de mucha gente. La soledad y la depresión están llevando a muchos a beber, escuchar música de despecho, llorar y sentir que la vida vale poco.
Por ello, no es de extrañar que en esta región, gracias a la música de despecho, las telenovelas, la desconfianza y la desesperación, haya suicidios, intentos de suicidio, maltrato intrafamiliar y mucho más.
No tengo nada contra la música, pero sí con los explotadores de niños de seis años, como ese padre manipulador. 
Lo siento, pero creo que es un niño de 6 años, manipulado por su padre. Las canciones de despecho que lo han puesto a cantar, no son adecuadas a su edad. ¿En qué sitios canta? ¿En qué horario? ¿Ante qué público? ¿Cuándo empezará a beber?
Es un niño, pero parece que algunos medios apoyan este atrevimiento. ¡Qué tristeza! 

El tren...


El tren partió de Buga a las 3.30 de la tarde. Muy puntual. Más de setenta personas a bordo. Cielo sin muchas nubes, sol abrasador. Alegría desmesurada en los niños, quienes por primera vez, subían a un tren. También había adultos que jamás habían tenido la oportunidad de estar en el tren. Tres vagones. A, B y C. Todos muy bien organizados y cómodos. Aunque no había cortinas y el sol pegaba fuerte,  nada impedía que quienes estábamos a bordo sintiéramos la alegría del viaje en tren. Las juveniles azafatas estaban dispuestas a brindar información acerca de los sitios por donde pasaba el tren y a suministrar los refrigerios solicitados por los pasajeros.
A medida que avanzaba el tren, se perdían los cañaduzales, cafetales, árboles, valles, lagos, y todo el hermoso verde que se veía a lado y lado. Las montañas que se quedaban mirando el paso del tren. Una escenografía distinta, diferente a la fría, congestionada y terrible carretera.
El pito del tren sonaba. Los hilos de acero desaparecían. La locomotora se veía distante desde el tercer vagón.
El tren se detuvo un momento en Tuluá, pues cuatro pasajeros llegaban al final de su ruta. Allí, los ciclistas miraban, las señoras se levantaban de sus sillas mecedoras, los viejos añoraban.
En Zarzal no paramos. Pasamos por todo el centro del pueblo. La gente se asomaba a saludar, los niños gritaban, los viejos sonreían, el recuerdo del tren se mostraba. Llegó de nuevo.
De los ranchos que a cada lado se habían hecho, entre cada pueblo, salían niños, jóvenes y ancianos a decir adiós, levantar la mano, saludar y sonreír al paso del tren. El tren turístico Valle y Quindío.
Al final del viaje de más de tres horas, todos bajamos felices, alegres, contentos, satisfechos. Era un paseo. Un paseo por tierras del Valle del Cauca y del Quindío que culminaba en Tebaida.
Genial! Qué buen viaje en tren. No, no fue un viaje. fue un paseo en tren. Fue algo insospechado para muchos. Algo espectacular!
El tren volvía y queríamos seguir ahí. Pero el viaje ya había llegado a su fin.  
Hasta la próxima, porque volveremos al tren. A detenernos en Zarzal, Tuluá, Buga ó Palmira. A tomar refrescos y a comer en el tren. A charlar, a pasear, a buscar los viejos amigos y a contarles que el tren volvió. Que hay qué viajar en tren!
Que seguiremos cantando....el tren lento va partiendo sobre sus hilos de acero........
Manuel Gómez Sabogal

¿Dónde están las llaves?


A todos nos pasa. Las llaves se quedan, se pierden. Se embolatan y están donde menos nos imaginamos.
Si son las llaves del carro y estamos de afán, regresamos inmediatamente a buscarlas en el último lugar donde estuvimos. Si son las llaves de la casa y se quedaron adentro, llamamos a toda la familia a ver quién tiene llaves para abrir la puerta. Entramos, las buscamos y están en un bolsillo del saco que nos pusimos el día anterior.
Las llaves, benditas llaves que tenemos, cargamos, llevamos a todas partes, pero en algún lugar se quedan, se pierden, aparecen y se vuelven a esfumar.
Es que las llaves las empezamos a utilizar desde jóvenes, cuando los padres nos dan la de la casa, casi que en una ceremonia. “Aquí tiene las llaves de la casa. Ahora, bótelas” es lo primero que nos dicen. Y no pasan dos días, cuando les decimos: “se me perdieron las llaves. Pero les juro que yo las tenía. No las boté”..
Es como si nos pidieran que las embolatáramos de entrada, de una, así como en un ya. Por eso, las llaves son importantes e imprescindibles. Objetos que las damas llevan en los bolsos gigantes y que luego de un buen rato, encuentran y pueden abrir puertas y encender el carro.
Cuando no solamente se tienen las llaves de la casa que, en ocasiones son tres, para chapas distintas, el lío es peor y se forma la grande, porque se debe tener en cuenta que las chapas se deben abrir en riguroso orden o no abre la puerta. Así que cuando hay apuros, el remedio resulta peor que la enfermedad, porque los afanes pueden ser de diferente índole. Y así, la demora en abrir la puerta, será más larga.
Pero hay llaves que se meten a un canastico pequeño para bajarlas al primer piso, desde el 2º, 3º o 4º pisos. No por pereza de la persona que las tiene en el apartamento, sino porque no hay ascensor y la dificultad es mayor.
Así que, cuando va de visita donde un amigo y este está en un tercer piso, tocas el timbre y él te envía el canastico con las llaves. Claro que eso tiene sus excepciones.
En estos días, se me ocurrió visitar unos amigos. Timbré y uno de mis amigos contestó el citófono. Le dije que quería visitarlos y de pronto, tomarnos un café. Con la diferencia que cada vez que voy de visita, debo prepararlo. Allá, mantienen la cafetera limpia, sin una mugre y casi que guardada celosamente. Ni aun estando haciendo bastante frío, se les ocurre preparar un café.
Pero volviendo a mi visita, esperé el canastico. Oh, sorpresa. Llegó vacío. Sin la llave. Volví a llamar y les dije que un pequeño olvido había sucedido. Al subir, mi amigo me comentó que no era la primera vez que eso le ocurría. Todo se debía a la cantidad de ocupaciones, manejo del computador y mil razones más
Cuando subí, charlamos y como estaba haciendo demasiado frío, les pedí un café, como de costumbre y como para no cambiar el esquema, fui a la cocina a prepararlo. La cafetera estaba limpiecita.
Al rato, el timbre, otro amigo y le bajaron el canastico, sin la llave….
Curiosidades que pasan, pero alegran el día y hacen que uno se pregunte siempre ¿Dónde están las llaves?


Y los jóvenes sí leen


“Nunca te rindas. A veces la última llave que pruebas es la que abre la puerta. ¡Insiste!”

Esta frase me encanta, porque la tengo en cuenta y porque además, hay personas que no me dejan caer en la desazón.
Cuando a comienzos de año, Iván Gutiérrez Isaza me habló del Outlet de libros y me dijo que le gustaría que en Armenia se realizara, me envió fotos de otros eventos efectuados en Neiva, Garzón, Bogotá y otras ciudades. Sentí envidia y las ganas de hacer el outlet en Armenia, empezaron a recorrer mi espíritu de loco irremediable.
Cuando estuve en la Feria del Libro en Bogotá, pude contactar a don Pedro Gualteros, propietario de Dislectura, gracias a que Iván nos presentó. Almorzamos y me comentó la idea. Me gustó y empecé a analizar posibilidades.
Se me dio una maravillosa oportunidad cuando el secretario de educación de Armenia me llamó, conversamos, porque deseaba que hubiese algo grande y relacionado con literatura en Armenia. Contacté a Jorge Franco, Mario Mendoza, Julio César Londoño, Miguel Fernando Caro, quienes estuvieron prestos a venir a Armenia. Me comprometí con ellos, pues tenía el aval de la Secretaría de Educación. Hice los ofrecimientos necesarios y me aceptaron. Ellos y el outlet, excusa perfecta para un festival literario de gran formato.
Sentí que habría algo genial y espectacular. Llamé a dos maravillosas, talentosas y organizadas mujeres: Martha Isabel Castrillón y Lilián González. Nos sentamos a conversar, estudiar y hablar de escritores y del outlet, pues el Secretario de Educación me había dicho que él se encargaría de conseguir apoyo económico como fuese.
Escribimos, estudiamos, planeamos, presupuestamos y cuando todo estaba listo, me llamó el Secretario a decirme que debido a problemas por el paro de docentes, se cancelaba la actividad. Sin embargo, le hablé del Outlet y quedó de reunirse con el artífice del Outlet, allá en Bogotá, Pedro Gualteros. Al final, tampoco. Y sentí un derrumbe inmenso. Ni escritores, ni outlet. A llamarlos y decirles que ya no. ¡Qué pena!
Decidí continuar buscando apoyo, porque ante esa situación, yo ya estaba “como empezado” y no me gusta quedar así.
Fui a un colegio porque allí tienen un excelente coliseo y el rector no me quiso recibir, aunque la secretaria me pregunto hasta de qué me iba a morir. Pasé a otro colegio con coliseo y tampoco.
También, estuve en el Centro de convenciones, pero estaba agendado hasta diciembre.
Pasé a conversar para que el Encuentro Nacional de Escritores tuviese como ingrediente el Outlet de libros, complemento ideal. Tampoco. Negativo el civil. Y el outlet hubiese sido un gran atractivo en dicho evento, pero no, es no.
Durante todo este tiempo, ya llegando a noviembre y con llamadas casi a diario a Iván y a don Pedro Gualteros, no podía más. Me quedaba el Club América, espacio adecuado totalmente para el evento, lo vimos, gustó, pero lo acababan de alquilar hasta febrero de 2018.
Llamadas van y vienen. Don Pedro Gualteros siempre me decía que quería hacerlo antes de fin de año. Yo había perdido el entusiasmo, porque había visto diluirse todas las posibilidades.
Pero se logró. Los directivos del centro comercial Calima tuvieron la voluntad, el deseo, las ganas y mostraron todo su empeño para que se realizara el Outlet los días 1, 2 y 3 de diciembre.
Y se hizo. Perseverancia es la palabra. Buscar la llave precisa es lo mejor.
Gracias a que desde el centro comercial Calima, dos mujeres increíbles, Olga Lucía y Gretty, dieron todo el apoyo al Outlet, este se desarrolló con una afluencia de público que nadie esperaba.
Tres días viendo entrar niños, jóvenes, adultos y los mismos salir con 2, 3, 4 5 y cajas o bolsas repletas de libros. Todos entusiasmados, alegres, felices.
Desde el primer momento, del primer día del outlet, me di cuenta que niños y jóvenes buscaban libros, revistas y todo lo que los condujera a leer. Estaban ávidos, sedientos y buscaban, repetían módulos, empacaban, revisaban, se sentaban, leían.
Emocionante ver cómo hacían todo lo posible para llevarse lo que más podían. Un joven me dijo: “Ya tengo para diciembre y enero, o sea mis vacaciones”
Gracias a Dislectura. A ese maravilloso señor Pedro Gualteros por su terquedad. A Iván Gutiérrez Isaza, quien vive en Bogotá, pero es quindiano a morir. Al Centro Comercial Calima. A los estudiantes universitarios que se pusieron la camiseta y colaboraron durante los días del outlet.
Hubo una asistencia increíble y se vendieron más de 35.000 libros
Esperamos repetir en 2018 con otros ingredientes como música y escritores.
Gracias porque encontramos la llave que abrió la puerta.


Muros o puentes


El muro de Berlín cayó, porque el mundo no se permitía más divisiones. El mundo se abrió. Los países querían más oportunidades para una mejor convivencia, más conocimiento, mejor bienestar.
Sin embargo, no todo es  color de rosa. Ahora, Estados Unidos cierra su frontera con México, gracias a la construcción de un muro, el cual ya tiene muchos kilómetros cimentados y por el cual, gracias a un dedo meñique, se visitan las familias que viven en los dos países.
Un muro de ignominia en pleno siglo XXI. Así de sencillo. No es un puente a la amistad y a la convivencia, sino un muro que separa familias, amigos, países. ¿A quién le importa? ¿Qué dicen los mexicanos? ¿Qué dice el mundo?
Por otra parte, se habla de puentes. Puentes para comunicarse para acercarse más, para vivir en un mundo mejor.
Se escuchan disertaciones del Papa, pastores, religiosos y todos hablan de amor en un mundo en guerra constante. Un mundo que no entiende razones para amar. Porque matar es más fácil que amar. Porque es más fácil resolver un conflicto con armas, bombas, ejecuciones.
No vamos a comprender todo lo que ocurre alrededor. Noticias macabras día a día. Todo, porque no estamos viviendo para convivir, sino para odiar. No queremos extender la mano, sino un arma.
Mientras algunos firman la paz y dan señales de querer terminar una guerra absurda, otros insisten en actuar como siempre lo han hecho, porque están enseñados a matar, porque nunca aprendieron otra lección o vivieron siempre la misma vida.
Muros o puentes. Debemos reflexionar en lo que está ocurriendo en nuestra familia, en el vecindario, en nuestra ciudad. Para no ir más lejos. Porque  si hubiese algún fundamento que nos ayudara a entender, comprender, podríamos convivir mucho mejor.
En el hogar también se levantan muros. Como no sabemos cómo se llaman los vecinos, seguimos construyendo muros por todo lado. Muros que nos impiden conocer, conversar, entender a los demás.
La violencia que se vive arriba, en el gobierno, entre políticos, se refleja en cualquier medio. Se nota al instante y se toma como ejemplo. Sencillo ejemplo de falsas promesas y mentirosos cambios.
Mientras no acabemos con los muros, no podremos tender puentes.

¿Educación siglo XIX?


El maestro que intenta enseñar sin inspirar en el alumno el deseo de aprender está tratando de forjar un hierro frío. Horace Mann

He recorrido el Quindío, visitando muchos colegios. Lo he hecho, porque he tenido la oportunidad de realizar dichas visitas, gracias a diferentes factores. He conocido rectores buenos, regulares y otros a punto de pensionarse. He conversado con docentes felices porque saben qué están haciendo, otros con cara de resignación, porque no encontraron más para hacer. He visto docentes dictando clases en muchos de los colegios.
En algunos centros educativos, encontré poco material de enseñanza, en otros, el material arrumado, recogido. Computadores en cero uso, por falta de algunos elementos o porque eran pocos, teniendo en cuenta la cantidad de estudiantes. En un colegio, los libros que deberían estar en la biblioteca, en un espacio poco común. En la “pieza de atrás, donde se guarda lo que no sirve, lo que estorba”
Conozco las universidades en Armenia. Envidio a algunas en otras ciudades.
He sido docente en colegios y universidades, durante muchos años. Siempre me encantó enseñar. Mis últimos años en la Universidad del Quindío fueron geniales. La utilización del computador en mis sesiones y el sentarnos a discutir, hablar de los diferentes temas de clase junto a un árbol frente a la Biblioteca infantil, eran mi mayor pasión. Sentía que habían cambiado en mucho mi estilo, mi metodología, mi forma de transmitir.
Sesiones donde había música, teatro, frases, libros, todo eso ayudaba a mis estudiantes a cambiar el concepto de enseñanza. Cada día yo aprendía mucho más. En estos días, pleno siglo XXI, me enteré que hay docentes que se quedaron muy atrás. Son docentes jóvenes, profesionales que han sido educados para ser profesores.
Muchos docentes no saben lo que es enseñar o se hacen los que no entienden. Lo peor, no saben educar. Porque he encontrado jóvenes docentes que ni son creativos, ni tienen las suficientes agallas para educar, para dejar huella. Los conmueve el examen, la nota, las calificaciones, sin importar lo que su alumno hace, construye, demuestra.
Es muy triste que un docente califique lo que no debe a un alumno que rinde el máximo. Los estudiantes demuestran capacidades y son creativos, pero algunos docentes son anticuados e incoherentes con lo que dicen y hacen.
¿Por qué todavía hay docentes siglo XIX en instituciones que se dicen siglo XX, no XXI? Lo más grave es que son docentes jóvenes, docentes que uno imagina tienen nuevas ideas, son creativos y con ganas de que sus estudiantes sean excelentes. Pero no, son docentes jóvenes con ideas retrógradas.
Digamos que es una protesta sana, sincera y concreta. Los docentes jóvenes deben motivar, incentivar, transmitir conocimientos con ganas, buscando esa creatividad de niños y jóvenes. No pueden ser docentes pasivos, rancios. Deben ser docentes con ideas renovadoras. Que la educación abra el paso a nuevas ideas. Una educación que deje huella en niños y jóvenes.
Los salones de clase, en muchos casos, son aburridores para materias que deben ser demasiado prácticas, agradables, adecuadas a la época, al momento, a los cambios.
Educación siglo XXI con nuevas ideas, conceptos, estilos. Aquí si caben las palabras creatividad y actualización. Que muchos se den cuenta y cambien esa actitud pasiva y retrógrada por algo nuevo y diferente.


¿Cementerio para librepensadores?


¡Mentira! El Cementerio Libre de Circasia era un monumento a la libertad, a la tolerancia y el amor como su nombre lo indicaba.
Era, digo yo. Fue, en algún momento, símbolo de libertad. Hoy es el símbolo de la intolerancia de quienes pertenecen a la Junta directiva de la Fundación Cementerio Libre.
El escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal recibió de Braulio Botero el ofrecimiento de una tumba en esa bella colina quindiana, rodeada de viento fresco, silencio puro y espléndidos paisajes. Y difundió la noticia de que allí irían a reposar sus despojos. Contrató la elaboración de una escultura y el respectivo epitafio. El escultor Jorge Vélez Correa, quien había elaborado la escultura de Braulio Botero que está en el cementerio que era libre, fue el encargado de realizar dicho trabajo.
El pedestal tiene una frase pronunciada por el escritor en el discurso que leyó cuando el  funeral del fundador del que fuera cementerio Libre de Circasia, Braulio Botero.
Durante más de 30 años, Gustavo hizo publicidad al cementerio diciendo en toda entrevista que lo enterrarían parado. Para evidenciar que él no es masón había acordado con Braulio Botero que se pusiera entre la pared del cementerio y la carretera, por fuera del lindero de los muertos.
Ante la petición del administrador de la Fundación cementerio Libre de Circasia (César Augusto Londoño) para que le fuera enviada la información concerniente a la escultura que el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal pondría en dicho cementerio, el maestro Jorge Vélez Correa envió la nota y las fotos, con el fin de que todos los integrantes de la Junta incógnita, conocieran qué se estaba haciendo al respecto.
La nota del escultor, decía:
La Estrella, Antioquia julio 17 de 2017
Señores
Junta Cementerio Libre de Circasia
Me permito describirles la escultura que acompañaría la tumba del gran escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal; se trata de un bronce estatuario fundido a la cera perdida de tres metros de altura por ochenta centímetros de ancho.  Este bronce que se inspira en el vuelo de los cóndores arropa en su parte central un busto del escritor (anexo imágenes).  La obra está posada sobre un pequeño pedestal de 30 x 60 x 100 centímetros, enchapada en granito negro;  el sitio elegido esta pensado para que armonice con el eje de simetría de la fachada del cementerio que la separa del monumento a  Ñito Restrepo; la escultura de Gardeazábal tiene una altura similar a la del poeta.
Quedo atento a sus inquietudes y agradezco su diligencia para adelantar cuanto antes la instalación de la obra programada para agosto.
De antemano de gratitud,
Jorge Velez Correa. Escultor
Ya en oportunidad anterior, habíamos estado el maestro Jorge Vélez Correa y yo en el cementerio, tomando fotos y reseñando lo relacionado con el sitio donde iría la escultura.  
Sin embargo, después de que los integrantes de la junta revisaron fotos, información y sitio, la respuesta enfática fue: “En el cementerio Libre no se permite ninguna escultura”
Los pensamientos modernos se quedaron en el pasado.
Los “dueños” del Cementerio que era libre en Circasia le dijeron no a la escultura, porque no entienden la importancia de un personaje como Gustavo Álvarez Gardeazábal.
Mi amigo Jesús María Cataño escribió: “Al envilecimiento del cementerio por parte de sus administradores no le falta sino un decreto similar al que produjo la excomunión de Baruch de Spinoza para que se complete el dibujo de los fanáticos hoscos y serviles, lobos del servilismo, que sucedieron en el tiempo a la figura liberal de don Braulio Botero y su grupo de luchadores formidables que se impusieron a los retrógrados de la hegemonía conservadora”
Los nuevos masones que se apoderaron de la junta "uniformaron" el cementerio, el mármol  reluciente de Braulio, las águilas y las cruces gamadas, todas las cubrieron con pátina negra, todas las lápidas quedaron iguales y ya no reciben cadáveres sino cenizas.
¿Qué tiene Circasia para mostrar a nivel turístico? Era ese cementerio al que le decían “Libre” y que pudo haber dado un cariz turístico y diferente a Circasia, pero ya ni eso.
Lastimosamente, Circasia y su cementerio seguirán relegados, hasta cuando alguien entienda la importancia de la palabra libertad.
Hay cementerios en el mundo en los cuales reposan los restos de grandes librepensadores y escritores. El Cementerio de Montparnasse, en París. El Père Lachaise (Francia). Allí hay personajes famosos como Gertrude Stein, La Fontaine, Moliere, Balzac, Delacroix, Edith Piaf, Rossini, Chopin, Oscar Wilde y Jim Morrison.
La escultura del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, la trasladaron el jueves 11 de enero al Cementerio Museo de San Pedro, donde la pondrán al lado de Jorge Isaacs y Tomás Carrasquilla.

¿Aquí cobran?


Ese sábado, le dije a don José, quien es jardinero, que me acompañara al centro comercial. Con gusto lo hizo. Se organizó como si fuese para una fiesta. Salimos. Se notaba su alegría, pues quería conocer el centro comercial.
Es un campesino y poco va a la ciudad. Permanece trabajando de finca en finca y recorriendo cada lugar para hacer lo que un buen campesino sabe realizar. A veces, me pide que le colabore haciendo algunas vueltas en el centro, porque no quiere salir a la ciudad. Se siente bien como es y donde está.
Al llegar al centro comercial empezó a recorrer con la mirada cada rincón del mismo. Estaba admirado por encontrarse en un sitio tan especial, grande y lleno de almacenes.
Luego le dije que tomáramos las escaleras eléctricas. Llegamos y apenas vio por dónde íbamos a subir, me preguntó: ¿Aquí cobran por subirse a esto? Le respondí que no. Era algo para pasar de un piso a otro sin complicaciones. Le ayudé, indicándole que viera bien dónde ponía el pie derecho y luego el izquierdo. (Recordé a Cortázar con el cuento “Instrucciones para subir una escalera”). Hizo lo indicado y se puso muy contento. Aterrado, me hablaba sobre la tecnología y cómo cada día el mundo progresaba.
Recordé las guerras en todas partes y dejé que siguiera hablando de las cosas buenas que veía.
Después, le dije que fuéramos al ascensor. Primera vez que montaba en el ascensor. Del tercer piso al primero. Al subirse, volvió a preguntar: ¿Aquí cobran? Le contesté que las escaleras y el ascensor eran para facilitarles todo a los visitantes.
En el ascensor había varias personas, quienes nos miraron, pero nada dijeron al respecto. Entendieron a esta persona. Era fácil saber que un campesino estaba estrenando ascensor. Y se sentía extraño y feliz.
El paseo seguía. Le pregunté que si tenía afán y me dijo que no, que quería conocer más.
Continuamos recorriendo el centro comercial. Y volvimos al ascensor. Me vio hundir el botón 3 y me preguntó el significado del mismo. Le dije que íbamos a subir al tercer piso. Emocionado, me dijo que le parecía que la tecnología era demasiado buena.
Demasiado bueno era él, creo yo. Al igual que los niños, la ingenuidad y la inocencia se dibujaban en ese campesino llamado José y quien jamás había visitado un centro comercial.
¿Cuántos campesinos ingenuos e inocentes siguen sin conocer la ciudad y se sienten felices en el campo y en lo que hacen allí?
Ojalá haya muchos José que no quieran llegar a la ciudad, porque se contaminan, después de cierto tiempo. No por el aire, sino por la maldad y la amargura que pueden descubrir.
De regreso a casa, me pidió que lo volviera a llevar al centro comercial. Le dije que con gusto, en otra ocasión. Allí, nos tomaríamos un café, claro que sin decirle el precio…





Para qué los libros

Así de simple. Yo pensaba que era únicamente una canción, pero es una realidad. Y muy cierta. Lástima que hoy toque el tema, pero así es. Para qué los libros, si no interesan ni a algunos docentes.
Hace unos dos años, en un colegio del sur de Armenia inauguraron una sala de lectura y biblioteca para estudiantes y docentes de la institución.
Ese día fui temprano, pues allí estaría mi amigo, el escritor Sergio Álvarez, autor de “La lectora” y “35 muertos” como invitado especial a dicha inauguración. Además, una buena oportunidad para saludarlo y conversar un rato con él.
Al empezar la reunión donde había docentes de español y estudiantes de los grados 10º y 11º, pude darme cuenta que poco o nada sabían sobre el escritor. Y por ello, metí la cucharada, pues las preguntas tanto de algunos docentes como de los estudiantes eran casi parecidas. No habían investigado sobre el autor o sus obras.
¿Usted qué ha escrito? Fue una primera pregunta de las que hicieron y me puso a pensar. Me di cuenta que desconocían totalmente lo relacionado con el escritor.
Tomé la palabra, hablé sobre Sergio Álvarez y además hice como si estuviera charlando, al calor de un café. La conversación tomó otro rumbo y la energía llegó a la sala de lectura.
Debido a la emoción al ver que un colegio del sur tenía una sala de lectura y docentes interesados en proporcionar un espacio a sus estudiantes, regalé dos cajas de mis libros, mis preciados libros.
Hoy, me arrepiento enormemente, pues días después volví al colegio a visitar la sala de lectura y la respuesta lacónica, triste y melancólica fue que necesitaban ese espacio para otras cosas “más importantes” y por consiguiente, la habían clausurado, al igual que la biblioteca.
Los libros se fueron a una bodega, guardados en cajas, sin nomenclatura o acomodados por autores o títulos. No. Fueron empacados como las sardinas o los tamales. Así los encerraron. Nunca más se supo de ellos.
En estos días, volví al colegio. Ni biblioteca, ni libros, ni rastros de nada. Es decir, niños y jóvenes no tienen un sitio donde leer o disfrutar. Allí se les olvidó la importancia de los libros.
Queda una sensación agridulce y es porque no sé en cuántos colegios ocurre lo mismo. No sé si los docentes de español se identifican con el idioma, con la enseñanza, con la educación.
Es increíble que en dicho colegio, después de dos años, no haya habido un doliente, alguien que preguntara se informara, procurara que hubiese una biblioteca o la sala de lectura en la institución. Es como si les hubiesen quitado el alma sin darse cuenta.
¿Qué pasa con algunos docentes de español? ¡Para qué los libros!
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No sobra felicitar a la docente y escritora Katty León Zuluaga por sus esfuerzos para que la lectura y la escritura sean importantes en la institución educativa Ciudadela del sur.
Es incansable en su labor y los resultados se ven casi a diario.